domingo, 11 de febrero de 2007

¿Cómo es posible?

La historia a lo largo de su recorrido, nos regala con toda suerte de insensateces y atropellos cometidos por verdugos que terminaron siendo víctimas de sus propias condenas.

La pobreza desde la opulencia

Hoy día alguien de mi generación, ( 1979) que no tenga al menos teléfono móvil, es poco menos que un paria. Vivimos rodeados de deslumbrantes ofertas que acaparan y embelesan nuestras miradas, un viaje a un país exótico, puede encontrarse por unos 600 euros en una agencia de viajes. (Yo mismo viajé el verano pasado a Turquía por unos 500 euros). Podemos comprar con mayor o menor esfuerzo el último modelo de televisión salido al mercado, disfrutamos con mayor o menor esfuerzo de nuestro ordenador y nuestra conexión a internet y podemos de una u otra manera rodearnos de diferentes servicios, que en principio nos hacen la vida mejor. Ahora bien, todo el dinero invertido en esos servicios... ¿dónde está? ¿Qué sucede si en lugar de servicios, queremos invertir el dinero en algo que de verdad sirva para acumular riqueza?

Es simplemente imposible o muy difícil.

¿Qué es lo que de verdad importa?

En los últimos años, hemos visto como el kilo de tomates o la lechuga podían adquirir precios de hasta 3 euros. Es decir, una llamada de teléfono móvil de una hora, bajo ciertas circunstancias, (con un dúo contratado, o entre móviles de la misma compañía), podía salir más barata que un Kilo de tomates. Si un servicio es más barato que una necesidad básica, como la comida, ¿Qué está cambiando?.

Se nos invita a vivir rodeados de servicios que nos hacen la vida más sencilla pero no son imprescindibles para la vida en sí, mientras que sin embargo, necesidades primarias como la vivienda, son cada vez más difíciles de conseguir, y el fenómeno de habitaciones alquiladas en pisos compartidos, que recuerdan en cierta medida a la vida de pensión y corrala de los tiempos de la postguerra, se dan cada vez con más frecuencia.

Engañados con cristales de colores.

Es decir, podemos ir al cine y a cenar fuera y tomar unas copas, y sin embargo, a la hora de la verdad, no podemos tener hogar propio. Pero lo alarmante, es que no hay alternativa posible. Podríamos prescindir de cenar fuera y de ir al cine, y seguiríamos sin la posibilidad de tener un hogar propio. Saber que una persona que comparte piso con otras tres o cuatro personas más, tiene impedido por una cuestión de precio y sueldo, el tener una casa propia, pero puede tener a su disposición una amplía oferta de ocio servida casi a la carta, para satisfacer su propia felicidad, debería como mínimo dar lugar si no al miedo, por lo menos a la reflexión.

Es como una droga, como un engaño, que mantiene dormido y eclipsado al individuo, para no ver más allá.

Claro, es muy difícil para uno sólo....

Antes, lo normal es que una persona se comprara un piso para casarse, o al casarse, y fueran dos a vivir a esta casa. Hoy día, pensando en que antes lo hacían entre dos personas, se oye mucho eso de: “claro, es que tener una casa para uno sólo es muy complicado” cuando en realidad, en la mayoría de los casos, hace treinta años, el que trabajaba, la mayoría de las veces, era únicamente el hombre, y un único sueldo era el que mantenía tanto la casa como la manutención del cónyuge. Más aun, si entonces alguien hubiera puesto un piso a pagar a treinta años, se habría echado las manos a la cabeza.

La rueda de la economía

Nosotros, el grueso de la gente de mi generación, difícilmente podremos tener un bien que nos permita dejarle a nuestra descendencia algo tangible de verdad. La capacidad para generar riqueza física, ha desaparecido. La mayoría de los sueldos de la mayoría de nosotros, nos permite una vida como de sueño en ocio y servicios a los que nos hemos acostumbrado, mientras nos niega la posesión o acumulación real de riqueza.

Viviremos esclavos de pagos pendientes durante varias décadas, para poder tener una posesión, de manera que siempre nos veremos obligados a trabajar y producir dinero en un sistema económico cada vez más competitivo para con los demás y para nosotros mismos, del que seremos víctimas y partícipes. Y nosotros mismos haremos girar la rueda económica que posiblemente nos aplaste.

El individualismo

En un sistema de libre competencia en el que todos compiten con todos, por conseguir tener algo propio, (cada vez se lleva más el trabajo por objetivos), posiblemente las relaciones sociales cambien, y la empatía, la comprensión hacia los demás, sea un valor cada vez menos importante en las generaciones venideras. En lugar de ayudarnos unos a otros por conseguir vivir un poco mejor, y por hacer nuestra propia vida más amena, nos pisaremos unos a otros por intentar conseguir beneficios o ventajas para nosotros mismos, haciéndonos entre todos, la vida cada día un poquito más difícil.

La solidaridad, será un valor limitado a un grupo de gente considerado poco menos que bohemio y excluido de la sociedad por no compartir las normas estándar de sus congéneres.

De locos

Y todo esto, mientras las formas de comunicación evolucionan cada vez más. Es decir, cuanto más fácil resulta conocer lo que les sucede al resto, menos nos importa.

¿Qué tipo de futuro es el que queremos construir? ¿Quién gana con todo esto?

Hay una cuestión elemental. En un sistema social en el que la gente lucha los unos con los otros por salir adelante, difícilmente existirán grupos más o menos numerosos que aúnen esfuerzos por conseguir mejoras para el común de ellos. Es difícil que nadie ayude a nadie, cuando la idea general es que la persona a la que estas ayudando te puede pisar a la menor de cambio el día de mañana.

Ponerse de acuerdo, para reivindicar derechos, será cada vez más difícil.

Por otra parte, en un sistema creado de tal manera que para poder generar riqueza se necesita contar con un cierto capital de entrada, cuando ese capital inicial además se ha fijado fuera del alcance de la mayoría, está claro quien va a tener la posibilidad de generar y acumular esa riqueza.

Si juntamos eso, a los vivos colores de felicidad efímera con que se hipnotiza al común de la gente, en forma de ocio y servicios, mientras se les impide tener nada propio....

Parece claro a donde nos lleva todo esto.

En la edad media

La cuestión es: ¿Somos o seremos más felices así? ¿Una oligarquía dominante nos hará vivir mejor o ser más felices a la mayoría de nosotros? ¿Se preocupará de que no nos falte de nada?, ¿ó mirará por sus propios intereses moviéndonos al resto para luchar por ellos?

En la edad media, un señor feudal era quien tenía los poderes legislativo, ejecutivo, y judicial, y además era el dueño de las tierras que cultivaban sus campesinos. Cuando había conflicto con otro señor feudal, este movilizaba a la gente que cultivaba sus tierras para defender sus propios intereses frente a los del otro señor feudal que movilizaba a los suyos para defender los intereses propios.

Si el dinero termina recayendo en su mayoría en una oligarquía que es la única con capacidad para generar riqueza, (no es que el resto no quiera, es que se le pone cada vez más difícil poder hacerlo), no es muy difícil averiguar sobre quien recaerán los poderes de gobierno de una nación. Tal vez el poder no recaiga directamente en las manos de la gente más adinerada, pero seguramente si en gente que necesite de ese dinero para poder ejecutar los diferentes planes de gobierno y que se vea por tanto obligada a someterse a ciertas condiciones por la fuerza de los hechos.

Posiblemente en un futuro, si es que ese futuro no es ya, los diferentes partidos políticos movilicen a la gente por ideales pensados por auténticos departamentos de marketing encubiertos, para defender los derechos de diferentes señores feudales.